Japón, anécdotas y peligros

Después de varios años sopesando la posibilidad de viajar a Japón en verano este mes de agosto se ha cumplido el deseo. Son muchos los atractivos que ofrece: el exotismo, la cultura milenaria, la creciente influencia que esta ejerce sobre otros países, la educación, la comida, o quizás simplemente que terminaremos mirando a Asia antes o después.
Personalmente valoro mucho en los viajes el choque cultural, encontrarme con distintas costumbres, idioma, patrimonio, gastronomía, códigos diferentes de los cotidianos. En este sentido Japón no defrauda en absoluto, especialmente en lo que a hábitos sociales se refiere, hasta el punto de proporcionar una experiencia inquietante a sus visitantes.
Tras un primero contacto con la hospitalidad y la amabilidad generalizada que encontramos al llegar (es llamativo el saludo respetuoso que hacen los revisores en los trenes bala “Shinkansen” al entrar y salir de cada vagón), empiezan a hacerse visibles otros aspectos del día a día que resultan desconcertantes para un occidental procedente de un país capitalista, como también es el nipón. La conciencia de lo público que se observa, el estado de conservación de los espacios y los medios que comparten los ciudadanos (las calles, los parques, los transportes, la montaña, el mar …), la preocupación por mantener en buen estado lo que no es propiedad de nadie en particular es algo casi inexplicable para europeos que reciben constantemente el mensaje de que son los espacios y los servicios privados los que merecen nuestra preferencia.
Jardín de Mikuniya (Miyahima)
Jardín de Mikuniya desde la habitación, en Miyahima

El cuidado del otro y el buen trato generalizado los hemos vivido en numerosas situaciones. Inolvidable el ejemplo del dueño de un pequeño restaurante en la calle Sanjo-dori (llena de tiendas y locales auténticos junto al hotel en Kioto esta calle es un lujo) que, al preguntarle si tenía Yakisoba sin verdura, decide preparar el plato mostrándonos cada ingrediente antes de añadirlo y proponiendo alternativas para compensar los que no ponía. Cuando volvimos dos días más tarde, porque además la comida era excelente, el señor nos preparó el mismo plato a la medida sin necesidad de pedírselo; probablemente la experiencia con estos guiris también fue inolvidable para él. O el caso del dueño del hotel de Miyahima, Masaharu Terazawa, que ante nuestro interés por la caligrafía se entretuvo en explicarnos cómo se escribe en japonés, los tres alfabetos que se utilizan en su lengua, y nos dio una lección improvisada sobre gramática histórica. No podemos dejar de mencionar que su hijo, el día que nos marchábamos, después de no haber conseguido reservar un taxi para las 7:00 am que nos llevara hasta el ferry tal y como le habíamos pedido, tuvo el detalle de dejar sola la recepción durante veinte minutos para llevarnos en su propio coche mientras nos contaba su reciente viaje por España. Ni que decir tiene que cuando intentamos pagarle el traslado no nos aceptó el dinero.

Pabellón de Picasso en el Open air museum en Hakone
Pabellón de Picasso en el Open air museum en Hakone

En cuanto al sentido del trato justo y el respeto reverencial a los mayores son aspectos preocupantes sobre los que debéis permanecer alerta, y que ilustraré con un pequeño incidente. Camino del ryokan (alojamiento tradicional japonés) en el que nos íbamos a alojar en Hakone escribí a la dueña un mensaje desde el tren avisando de nuestra inminente llegada. Al bajar en la estación y no ser capaces de encontrar el sitio, recurrimos a un taxista que nos llevó a media hora de distancia, por error. Y allí tuvimos que tomar un autobús que nos devolvió al mismo punto en el que habíamos tomado el taxi. En todo ese vaivén volví a escribir otro correo disculpándome por el retraso y relatando brevemente la peripecia para justificarlo. Una vez instalados en nuestro alojamiento la señora pegó a la puerta y nos explicó que su madre, que había presenciado nuestra llegada, nos daba 5.000 yenes para compensar el problema del taxi, que ella le había contado. No dábamos crédito; por más que le expliqué que no era su responsabilidad y que había sido un problema desafortunado, me insistía una y otra vez que era su madre la que ofrecía el billete y que tenía que entregármelo. Una vez comprendí que la insistencia de la señora iba en serio, opté por aceptar el dinero, y por hacerle después regalo a la altura del valor de su gesto más que del de la cantidad recibida. Tratar a tres desconocidos recién llegados de esta manera predispone a la generosidad y convierten los viajes en experiencias que no se olvidan fácilmente. Por cierto, disponer para nosotros del onsen y de la tina exterior del establecimiento ha sido uno de los lujos de este viaje.

Otra anécdota que nos da idea del peculiar carácter nipón y sus veleidades colectivas nos ocurrió en el Museo Internacional del Manga, en Kioto. Junto a imágenes de la escuela Tatsuike Primary school hay un texto que explica que cuando se trasladó la capital de Kioto a Tokio en 1868, se plantearon cómo afrontar el impacto económico negativo que tendría sobre la ciudad dejar de ostentar la capitalidad del imperio. Tuvieron claro que apostar a largo plazo por la Educación era la mejor estrategia y pusieron en marcha un plan consistente en construir una red de escuelas públicas, situando una en cada distrito de Kioto, sesenta y cuatro Bangumi shogakko en total. Hace ciento cincuenta años. El éxito de la apuesta convirtió a este modelo años más tarde en la base del sistema educativo nacional japonés.

Teatro Cho Kabuki, en Kyoto

Afortunadamente en España estamos a salvo de estas sociedades distópicas porque si algún partido político nacional propusiera un programa con medidas concretas y presupuestadas, inspiradas en los anteriores principios recibiría con toda probabilidad una avalancha de descalificaciones y tendría vedado el acceso al gobierno. Quedaos tranquilos que aquí somos muy serios.
Tengo la sensación de que la gran revolución japonesa no tiene tanto que ver con su industria, su capacidad productiva o su tecnología como con un sistema de convivencia que hace del respeto al otro y al entorno un principio irrenunciable. La raíz profundamente ecológica de la sociedad japonesa debería servir de modelo a muchos países ante la emergencia climática que afrontamos.

Pero no hay sociedad perfecta, y por ello también es de justicia contar algo que también nos impactó: la existencia de vagones para mujeres en algunos trenes. Es una forma de protección ante posibles acosadores que permite ir más tranquilas en el tren a las mujeres que quieran optar por esta posibilidad. De hecho presenciamos un episodio que nos pareció un caso claro de intimidación en un pasillo de una estación de metro en Tokio. Nos llamó la atención el gesto tenso de una chica con la que nos cruzamos, junto a un tipo enchaquetado que parecía su acompañante. Me giré al pasar a su lado porque noté cómo ella iba acelerando el paso cada vez más, y los observé mientras continuaron caminando juntos hasta que unos cuantos metros más adelante él desistió, se dio la vuelta y continuó su camino en dirección contraria a la que iba la chica, volviendo a pasar junto a nosotros. Por lo que indican los datos Japón tiene mucho trabajo por delante a la hora de combatir la desigualdad de género, y aunque sea una medida bienintencionada obviamente la solución no pasa por aislar a las mujeres en vagones específicos.

Hay muchas más anécdotas interesantes de este viaje, pero simplemente quería compartir algunas para expresar la gratitud que sentimos ante el trato recibido y la experiencia vivida en un país al que volveremos con toda probabilidad.

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