Modernidad, tradición y otras andanzas por Japón

Chica con yukata

Sobre cualquier cultura penden una serie de tópicos que tenemos la oportunidad de contrastar cuando viajamos al país y entramos en contacto con sus nacionales. En el caso de Japón es un clásico el contraste entre modernidad y tradición. La imagen de este viaje que quizás represente mejor esa convivencia es la de una joven vestida con un precioso yukata, mirando su móvil mientras esperaba el metro, con una actitud espontánea y lejana del ritualismo de otros contextos. En este caso el contraste se explica sencillamente porque el yukata se está convirtiendo en una prenda de uso cotidiano, particularmente útil frente al calor. Y además pone una nota de diversidad en el vestuario frente a la homogeneidad occidental del aspecto que los medios y la publicidad han terminado imponiendo universalmente. Vestir en Málaga (o en otros muchos lugares, hablo de mi experiencia) pantalones que usaban quienes criaban vacas en Wisconsin siempre me ha parecido un acto de sumisión cultural y mercantil que revela una absoluta incapacidad para reivindicar lo propio. Por eso me ha encantado ver a tantos jóvenes con yukatas. Personalmente, puestos a someternos con el outfit, colores y frescura a tutiplén.

Cuando oigo hablar del apego de los japoneses por sus tradiciones no puedo evitar hacer un ejercicio de provincianismo antropológico comparando las suyas con las nuestras, y me acuerdo de la Semana Santa, de cómo celebramos la Navidad con sus distintas festividades, de la función social de la familia en España, de nuestras ricas tradiciones gastronómicas, también de algunas tan salvajes como las que sufren los toros por toda la geografía nacional, o de la influencia de la Iglesia sobre la educación, una seña de identidad hispánica. Es decir, no tengo la impresión de que en Japón sean más tradicionales que en los países de la ribera mediterránea, por poner un caso; es una impresión.

El choque se percibe más bien por el diálogo entre lo nuevo y lo viejo, especialmente si consideramos que hasta hace solo ciento cincuenta años este era un país cerrado sobre sí mismo. Fue la llegada de la restauración Meiji en 1868, que acabó con el régimen feudal que fue el shogunato, la que inició un acelerado proceso de apertura y de asimilación de lo extranjero, que enriqueció al país sin comprometer la identidad nacional. Lo foráneo no tiene por qué ser mejor por el hecho de venir de fuera; ni lo último tiene por qué superponerse a lo anterior por una preeminencia de la novedad como valor; una buena lección.

Los rituales no se circunscriben al ámbito religioso o personal; un vagón de tren es un contexto tan válido como otros para saludar a todos sus ocupantes cada vez que los revisores entran y salen; cada vez. Precisamente el ámbito ferroviario nos ha ofrecido otro ejemplo de la coexistencia de estos dos mundos, al tomar un antiguo tren de la Hakone Tozan Line a las 9:00h en Chokoku no mori, que cruzó lenta y respetuosamente un entorno natural frondoso que apenas dejaba espacio para las vías. La experiencia fue peculiar también porque el tren iba prácticamente vacío; era el Obón, la fiesta de difuntos, una fecha que muchas personas pasan en sus lugares de origen porque los espíritus de los antepasados regresan para estar unos días con sus familias, según el sintoísmo. Poco más tarde, sobre las 10:30h., estábamos en Odawara subiéndonos a un Shinkansen, un tren bala que nos llevaba a Tokio a trescientos kilómetros por hora. La secuencia entre ambos trayectos fue llamativa. Desde luego los trenes japoneses merecen un capítulo aparte por la fiabilidad, la seguridad y la comodidad que ofrecen como medio de transporte, a un precio muy razonable. Este traslado nos trajo además la tranquilidad de alejarnos del área de influencia del tifón Krosa, del que nuestro amigo Ángel Montilla nos había prevenido mientras estábamos en Miyahima, y del que el sr. Terazawa, nuestro anfitrión en la isla, también nos dio aviso discreto y grave cuando las noticias sobre la evolución del tifón empezaron a ser preocupantes para los habitantes del área de Hiroshima. El impacto se produjo cerca de allí y en total fueron evacuadas más de medio millón de personas. Afortunadamente a medida que Krosa se acercaba a la costa desde el océano nuestro camino nos iba alejando de él.

Toori Meiji Shrine
Toori Meiji Shrine

La presencia de elementos religiosos en la vida cotidiana, la convivencia natural con sus preceptos, y su reflejo en las relaciones sociales explican una parte importante de la relación entre la tradición y la modernidad, en mi opinión. En el Meiji Shrine, un santuario sintoísta en Tokio, encontramos un espacio para purificar los coches al que los tokiotas pueden llevar sus modernos vehículos con el fin de asegurarse una conducción segura. Y no tienes que entrar a un edificio para estar en un espacio religioso; el gran Toori que da acceso al Meiji Shrine nos abre la puerta a un precioso y enorme parque, que es un lugar espiritual. El sintoísmo tiene una percepción sagrada del mundo natural y por eso sus templos suelen estar ubicados en entornos naturales privilegiados. La sintoísta es una filosofía radicalmente colectiva, que supone formar parte de la comunidad nipona y no tiene un dios ni un cielo supremos; Japón es “el país de los dioses” y existen millones de kamis, divinidades, entre ellos la lluvia, una piedra, un árbol o un sonido. Por eso podemos encontrar pequeños tooris en muchos lugares delante de elementos naturales que carecen de la apariencia sagrada que un monoteísta podría esperar. De hecho, me sorprendió en Kasugataisha Shrine, en Nara, la presencia de una lata de supermercado tras un pequeño toori, que nuestro asesor en cultura japonesa @montecoronado nos explicó alejando el temor a un acto vandálico: es una ofrenda de sake, hombre! Un cateto occidental como yo espera encontrar en un santuario monumental e impresionante como Kasuga-taisha, patrimonio de la humanidad, una ofrenda con un aspecto a la altura del entorno, no una lata del súper. Me quedé mucho más tranquilo cuando en Meiji Shrine en Tokio vimos las ofrendas de sake al emperador en barricas de roble como dios manda.

El sintoísmo tampoco cuenta con unas sagradas escrituras que dicten el bien y el mal; más bien está compuesto por un conjunto de creencias, costumbres y tradiciones. Me parece interesante la expresión de Yutaka Yazawa cuando dice que en cuestiones de fe ellos tienen preferencia por las soluciones prácticas en lugar de por los inconvenientes dogmáticos. Visto como se nos está poniendo el mundo nos hace falta extraer buenas dosis de dogmatismo del día a día, e inocular un poco más de pragmatismo bien intencionado desde por la mañana temprano. Pero realmente Japón nos ha parecido un país tan poco religioso como los occidentales. Nada sustituye mejor la fe en los dogmas tradicionales que la creencia consumista y la prosperidad económica en tiempo de paz.
La coexistencia del budismo y el sintoísmo es todavía un enigma que tendremos que ir resolviendo en futuros viajes.

2 comentarios

Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.