La boda de Rosa es de esas obras de las que no te puedes fiar: no son lo que parecen. Como la vida misma. Que un día nos regala un sueño tan escurridizo que hay que andarlo de puntillas para no romper el hechizo. Las sensaciones mientras la veía me resultaban familiares pero tardé en reconocerlas. Y no me refiero a su frescura mediterránea, muy conseguida con el tratamiento de la luz y el color que van acompañando a la protagonista en su recorrido emocional, y con los paisajes marinos y la geografía costera, y con las resonancias corales y oníricas de Berlanga o Fellini, y con la sensación de la arena bajo la piel. Tampoco se trataba del ritmo natural de los relatos llenos de humanidad a los que nos tiene acostumbrados Iciar Bollaín. No. Los recuerdos que empezaron a atropellarse en la memoria procedían de las letras de Serrat, de los guiones de Rafael Azcona, de los personajes de Almudena Grandes, de todas esas obras de ficción en las que uno reconoce su perspectiva de la realidad y así las tiene por auténticas.
Pero la potente autenticidad de esta película se construye a base de parecer lo que no es, como hacen los buenos impostores. Aunque a mí no me engaña: bajo una apariencia ligera, exenta de gravedad, va presentando esa serie de renuncias cotidianas que nos van sometiendo lentamente, con la naturalidad de los días que pasan y con su misma falta de dramatismo. Y a lo largo del relato va deslizando cargas de profundidad que esquivan nuestras defensas y remueven ese equilibrio que creíamos a salvo de vaivenes, pero que se ha vuelto más frágil desde que la pandemia nos ha puesto a mirar a nuestro interior. Tal y como hace Rosa con su decisión, que desbarata esa coartada que nos proporciona el día a día frenético y nos sitúa llanamente delante de nosotros mismos. La intensidad del impacto de lo que veamos entonces dependerá de nuestro grado de identificación con la protagonista y los demás personajes, porque si hay una película que tendrá diferentes recepciones entre los espectadores en función de la peripecia vital de cada uno, es esta. Por más que sea imposible no compartir la visión vitalista que nos propone.
La boda de Rosa reivindica sin estridencias, sin condenas explícitas, con una rebeldía serena. Sencillamente siembra una idea que permanece dentro de nosotros al cabo de los días, que se resiste a las rutinas, que nos recuerda que la vida no vale nada si tengo que posponer otro minuto de ser. Antes o después esta historia nos desarma y no nos deja reirnos con las situaciones cómicas que ocurren en la pantalla. Porque maldita sea la gracia que tiene recordar cómo mi madre intentó venirse a vivir conmigo en cuanto tuvo noticia de mi separación, y cómo fui incapaz de responder a la misma pregunta que le hace a Rosa su padre: ¿pero por qué no puedo quedarme a vivir contigo Jose Mari? Si vamos a estar muy bien. O la convicción de que cuando hay un problema familiar todo el mundo sabe cuál es el primer teléfono que hay que marcar. O a aquella amiga que decidió tener hijos tan pronto y ya no fue lo que era, ni intentó ser o hacer lo que quiera que la hiciera feliz.
La ausencia de alardes formales y la enorme credibilidad de las interpretaciones sirven para que nos sintamos invitados desde el principio a esa boda absurda e inevitable, que tiene todo el sentido del mundo y que habitualmente conseguimos eludir cada día con una nueva pirueta, con la siguiente justificación; o con las de siempre. Por momentos el guión lleva las situaciones al límite de la naturalidad y las rescata del tedio o el descabello con un giro inesperado y espontáneo. Desmonta la convención social que rodea a ese evento con el que comunicamos a nuestros allegados con quien queremos compartir nuestra vida por el simple procedimiento de eliminar al novio de la ceremonia, aunque no del acto; porque Rosa tiene la deferencia de presentarle a su padre a su novio ausente, una vez terminada la boda y antes de empezar a bailar. Aunque solo sea para rescatarlo de la angustia de buscar a su competidor entre los asistentes, toda vez que la perplejidad le impide aceptar que no hay otro, que ellos seguirán … Pues claro que sí. O el momento en el que Rosa consigue explicar a sus hermanos cómo quiere casarse cuando Armando ya lo ha organizado todo aplicando su propia versión de lo que tiene que ser una boda, aunque su hermana ha pedido expresamente intimidad: medio pueblo invitado, la banda municipal, una traca, un convite a lo grande, su reportaje de fotos … Porque todo el mundo sabe cómo tiene que ser una boda pero las bodas pueden ser como cada uno quiera que sea la suya, ¿no?. Hasta que Rosa decide que no, cojones ya. Y aun así hasta el último momento antepone la necesidad de ayudar a su hija, de vuelta desde Manchester tras una mala experiencia allí.
Las buenas sensaciones que nos deja el final y el sentimiento de liberación, con un sencillo canto a la vida bailando sobre la arena de La Cala, con la esperanza de la felicidad por encima de cualquier consideración, con el humor como actitud para enfrentarse al mundo, y con una canción final de Rozalén que nos llena de esa ilusión que no se pierde, son motivos sobrados para ir a verla. También para recordar cómo era la vida social con abrazos, con besos, sin codazos.
Y sobre todo porque con esta película nos sentimos en buenas manos. Les deseo que sepan usarla.

(Imagen de Olaizola Comunica)